APRENDER A QUERERTE MAS

El amor a uno mismo implica amarnos tal como somos, sin condiciones, sabiéndonos seres únicos y valiosos solo por haber nacido y estar aquí. Significa amarnos sin temer que este amor perjudique a los demás, pues solo podremos querer a los otros si nos queremos a nosotros mismos primero.

            Para entender y comprender qué es éste amor por uno mismo seria útil reflexionar sobre lo que entendemos por amor. No es fácil encontrar una definición adecuada, pero hace tiempo escuché una que, aunque quizá hable de un amor ideal, puede resultar esclarecedora: “El amor es el regocijo por la mera existencia de algo o de alguien”. El ejemplo mas claro es el amor de los padres hacia los hijos. El simple hecho de que un hijo nazca, de que exista, es motivo de felicidad; no importa lo que haga, basta con que sea.

            Seria interesante que todos desarrolláramos con nosotros mismos una relación similar. El “quiérete a ti mismo” que te propongo es éste, el de regocijarte por el hecho, maravilloso, de que existas. Así aunque alguien conozca y valore positivamente sus capacidades, puede ser que se maltrate o se castigue, movido por la exigencia.

 

EL AMOR PROPIO

            Otra manera de comprender éste “quiérete a ti mismo” es tomándolo como sinónimo de lo que conocemos como amor propio. El problema radica en que el amor propio queda en ocasiones demasiado ligado a mandatos como “lleva siempre la frente alta” o “ten un poco de dignidad, un poco de amor propio”. Así parece que el quererse a uno mismo pase por una cuestión de estatus: “quien queda arriba tiene amor propio y quien queda abajo, no”.

            Pensar de éste modo nos llevará peligrosamente cerca de la vanidad –que alardea de estar por encima de los demás- o, aun peor, de la soberbia, que cree estar por encima de los demás.

            Debemos ser muy cuidadosos en no determinar nuestra percepción de nosotros mismos en relación con la de los demás.

Cuando nos nutrimos de la comparación, nos encontramos pronto en una carrera alocada por conseguir logros, distinciones y reconocimiento. Solo a través de ellos parece que podamos llegar a querernos y considerarnos deseables. Como si jugásemos con la vida a un juego macabro: “¿Lo has conseguido?¡Hurraaa! Sube dos puntos tu autoestima”. “¿Tu chica te ha dejado? Baja tres puntos tu amor propio”.

            Para diferenciar entre este “amor propio”, el filósofo Jean Jaques Rousseau creó el termino “propio amor” o “amor a sí”. Éste “propio amor” no depende de estándares sociales, no surge de una valoración positiva respecto a los demás digno de la propia naturaleza. Pero tampoco debemos confundirlo con un mero instinto de conservación, pues no se trata solo de una voluntad de vivir sino de una voluntad de ser.

            En concreto, una voluntad de ser aquello que me hace ser yo y no otro.

 

QUERERSE SIN CONDICIONES

            En este punto, a menudo sentimos cierto “complejo” por amarnos por ser tal como somos y sin condiciones. Nos resistimos a ello, quizá por ciertas creencias que nos dicen que quererse a uno mismo no es bueno del todo.

            La principal critica que suele despertar la recomendación “quiérete a ti mismo” podría formularse así: “Si te quieres mucho a ti mismo no podrás querer a los demás”. Esta objeción, que podría parecer lógica, se basa en dos supuestos que son a mi entender erróneos.

            La primera de estas creencias es la de que habría una determinada cantidad de amor con la que contamos y que repartimos entre quienes nos rodean.

Suena ridículo y, sin embargo, muchas veces nos comportamos como si esto fuera cierto: los celos, por ejemplo, son en ocasiones la exteriorización de ésta creencia, cuando pensamos: “Si lo quieres tanto a él significa que no me quieres tanto a mi”.

 

            Según esta idea, si dedico mucho amor a mi mismo, quedará poco para los demás. Pero, si hay una relación entre el amor por uno mismo y por los demás es la contraria.. Si tomamos la definicion de amor a la que llegamos antes, comprenderemos que es imposible amar a otros sin amarse a uno mismo. Quienes no se aman a si mismos pueden depender y necesitar mucho de otros, pero amarlos, no.

 

LA RELACION CON LOS OTROS

            La segunda creencia que sustenta que si te quieres a ti mismo no podrás querer a los demás es aun mas dañina que la anterior. Es aquella que supone que todo acto de individualismo va en contra del resto de la sociedad. Supone que, siempre que me beneficie a mi, te perjudicaré y que, para obtener cualquier cosa, deberé arrebatársela a alguien.

            Algunos sostienen ésta idea activamente; otros, sin darnos cuenta, actuamos de acuerdo a ella. Pero es una idea peligrosa porque, si nos conformamos a ella, veremos la vida entre los hombres como una guerra en la que todos peleamos por ciertas posesiones o posiciones.

            Lo peor es que quienes no podemos hacer aun lado nuestro amor por los demás terminaremos creyendo que la virtud consiste en sacrificar nuestro bienestar por el suyo. Para no caer en esta trampa, no debemos olvidar que somos seres sociales y que en nuestra individualidad está incluida la relación con los otros. La fidelidad hacia nosotros mismos y el cuidado de nuestros intereses no tiene por qué ir en contra de los intereses del resto de las personas.

 

 

AMOR VERDADERO

            De igual forma, podríamos pensar que la virtud se encuentra justamente en el modo de ser fieles a nuestro propio amor sin faltar a nuestro amor por los demás. Pero, ¿no existen situaciones en las que hay que elegir el otro o yo? Yo diría que sí, pero muchas menos de las que creemos.

En general somos nosotros mismos quienes nos ponemos en la encrucijada de traicionarnos a nosotros mismos o de enviar un equívoco mensaje de desamor.

            Deberíamos dejar de ponernos o de poner a otros en situaciones como ésta y estar atentos para no enredarnos cuando otro nos plantee esa falsa elección: o tú o yo.

Aquellos que nos ponen como pruebas de amor, que renunciemos a nuestros intereses, no actúan desde el amor, sino, desde la inseguridad o, aun peor, la manipulación, para conseguir sus propios intereses.

            Ayudémosles a comprender que el verdadero amor pasa, como dijimos, por la satisfacción de que tú seas tú y yo sea yo. Pasa por acompañar a otro y estar allí para susurrarle al oído “quiérete a ti mismo”.

 

 

Demian Bucay

(Medico y terapeuta gestaltico)